Home OpiniónLucivel Avila Cómo funciona nuestro lenguaje gestual y de qué modo podemos utilizarlo

Cómo funciona nuestro lenguaje gestual y de qué modo podemos utilizarlo

by Redacción Generación Y
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En el mundo animal no tienen cabida las palabras pero sí los sonidos, aunque estos forman parte de una minoría dentro del contexto global que sería el lenguaje expresivo. En la selva, son los olores, formas, texturas e imágenes los que se encargan de sustituir a las palabras.

En la selva de asfalto sucede algo parecido y el lenguaje verbal no es más que una forma de expresión. Hay un lenguaje que es, más o menos, universal. En general, todo el mundo puede entender una sonrisa, una mueca de dolor o una expresión de temor en los ojos de la otra persona.

Un niño que no domine el lenguaje entenderá perfectamente que si le miramos con una sonrisa y con actitud armónica le estamos intentando decir que no pasa nada, que somos amigos suyos y que no deseamos hacerle daño. Por supuesto, también sabrá entender que nuestra seriedad y la mueca de las cejas, casi uniéndose en el entrecejo, reflejan el mal humor. Todo ello sin ni siquiera pronunciar una palabra.

A medida que vamos creciendo, descubrimos cómo son los demás por lo que dicen y por lo que hacen, pero la gran escuela de la vida nos enseña en primer lugar el lenguaje de los gestos. Cuando no tenemos naciones idiomáticas, lo visual es mucho más fácil de comprender que una frase. De hecho, ve muy pequeños entendemos el tono y la cadencia de la voz, pero no el significado de las palabras.

A corta edad, el verbo puede interpretarse y matizarse gracias a la gestualización que lo acompaña. Son las expresiones faciales, especialmente las de los ojos y labios, las que nos dan mayor información. Curiosamente, el paso de los años produce de forma casi irremediable que perdamos buena parte de la noción del lenguaje gestual.

A medida que sabemos hablar y que dominamos un idioma, seguimos de igual modo haciendo caso a los gestos, pero pasan a un segundo plano. El verbo es el que domina las situaciones. Sin embargo, el verbo engaña, o al menos puede hacerlo. A medida que crecemos, estudiamos y aprendemos a dominar y emplear correctamente el lenguaje oral, pero nadie, sólo la intuición,  nos dice cómo funciona nuestro lenguaje gestual y de qué manera podemos utilizarlo. Seducimos con una mirada y tal vez una sonrisa a modo de invitación.

Por ejemplo, a veces, con toda nuestra ilusión adquirimos un regalo y en el momento de entregarlo lo que esperamos no es ver que dirá aquella persona, sino la cara que adopta al dárselo. Es como si de manera consciente supiéramos que el rostro difícilmente nos engaña pero las palabras sí pueden hacerlo. Cuando nuestro obsequio no es bien recibido, vemos un rasgo de contrariedad en el rostro de la otra persona que, para no ofendernos, se esfuerza en ocultar y casi tartamudeando busca las palabras que contradigan aquello que ya sabemos: no le ha gustado el regalo.

Es vital acercarnos al otro lenguaje, aquel que comunica más claramente que el oral, que lo que pensamos, deseamos, sentimos y creemos en realidad, es decir, nos muestra todo aquello que no siempre sabemos comunicar. Cada persona tiene una naturaleza que se forja al paso de los años, de la educación que reciben y la sociedad en la que vive. Con todo ello se forma un carácter, una manera de ser, pensar y comportarse. Esta identidad es la que se manifiesta cada día mientras hablamos, pero también cuando no pronunciamos palabra.

Nuestra naturaleza es visible al andar, el sentarnos, al esperar para entrar en una reunión, cuando leemos y, por supuesto, también cuando dormimos. Sólo es necesario prestar un poco de atención para descubrir mejor cómo son los que nos rodean, incluso cuando no los conocemos. En el reino animal, el elefante coloca sus orejas abiertamente para que veamos que está enfadado. Por su parte, los felinos las retiran y erizan el pelo de sus lomos. Nosotros, los humanos, también disponemos de nuestros gestos y un enfado puede manifestarse frunciendo el ceño, cruzando los brazos o mediante una expresión a través de los labios.

La sumisión es otro gesto bastante claro y fácil de interpretar en la naturaleza. Un animal sumiso se desprotege y cuando confía en otro, simplemente se tumba de espaldas mostrando su vulnerabilidad, sus órganos sexuales y todo su vientre. Aunque cuando se trata de cuestiones jerárquicas, muchas veces todo consiste en algo tan simple como mostrar el respeto bajando la cabeza o apartando la mirada.

En el ser humano, las cosas no son tan diferentes. Cuando estamos tumbados nos protegemos de lo incierto adoptando una posición fetal. En cambio, cuando estamos tranquilos y confiados, dormimos boca arriba, con piernas y brazos separados. En el caso de estar sentados, usamos el cruce de piernas como elementos reductor de nuestra zona personal y como protección. Por el contrario, en momentos agradables y plácidos, separamos las piernas al sentarnos y gesticulamos abiertamente mostrando las palmas de las manos a nuestro interlocutor, como clara alusión de qué no tenemos nada que esconder.

En definitiva, el lenguaje gestual es la mejor herramienta, más que la verbal, para detallar situaciones e intenciones. No se trata de adivinar qué piensa o desea la otra persona a través de un gesto postura. El objetivo es descubrir que nos está diciendo de verdad cuando silencia sus palabras y también si aquello que pronuncia es lo que realmente siente, piensa o cree.

Vía | Lucivel Avila

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